Oír bien no significa solo que el sonido tenga suficiente "volumen". Significa, sobre todo, entender las palabras.
La pérdida auditiva o hipoacusia es la disminución de la capacidad para percibir los sonidos en su intensidad y claridad habituales. No aparece de la noche a la mañana; por lo general, es un proceso lento y progresivo que el cerebro intenta compensar de forma automática, lo que hace que tardemos en darnos cuenta.
Para entenderlo de forma sencilla, el oído interno está lleno de miles de diminutas células ciliadas (como pequeños hilos de césped). Cada una se encarga de una frecuencia o "nota" diferente:
Las de la zona de entrada reciben los tonos agudos (pajaritos, voces de niños, las consonantes como la S, F o T).
Las del fondo reciben los tonos graves (un tambor, el motor de un coche).
Con la edad, la exposición al ruido o ciertos factores genéticos, estas células (especialmente las de los tonos agudos) se desgastan o se doblan. Como no se regeneran, el cerebro empieza a perder sintonía con esos sonidos específicos.
A menudo, el paciente no nota que oye menos, sino que siente que los demás "hablan entre dientes". Estas son las situaciones cotidianas más comunes que indican que es hora de hacer una revisión:
"Oigo, pero no entiendo": Sigues la conversación en una habitación silenciosa, pero si hay ruido de fondo (un restaurante, la televisión encendida), las palabras se emborronan.
Subir el volumen: La televisión o la radio están un punto más alto de lo que el resto de la familia considera cómodo.
Pedir que repitan: Frases como "¿Qué?", "¿Cómo?" o "Pásame eso" se vuelven muy frecuentes en el día a día.
Esfuerzo mental: Al final del día, el paciente se siente cansado o con dolor de cabeza debido al sobreesfuerzo que hace su cerebro para descifrar las conversaciones.
A partir de los 50 años de edad es importante cuidar nuestro oído, realizar revisiones auditivas periódicas
y ponerse en manos de profesionales.
Aunque existen muchos factores, la inmensa mayoría de las pérdidas de audición que vemos en el gabinete se deben a tres grandes motivos: el paso del tiempo, la exposición al ruido y los factores mecánicos o de salud general.
Igual que a partir de los 40-45 años aparece la vista cansada (presbicia) porque el cristalino pierde flexibilidad, el oído también experimenta su propio proceso de envejecimiento natural: la presbiacusia.
¿Qué ocurre? Con los años, las delicadas células ciliadas del oído interno se van desgastando de forma irreversible, empezando casi siempre por las encargadas de captar los sonidos agudos.
¿Cómo se nota? Es un proceso tan lento que el paciente apenas lo nota al principio. Comienza afectando a la nitidez: las voces femeninas o de niños se vuelven más difíciles de descifrar, y las consonantes más suaves (f, s, t, z) se desdibujan.
El oído humano no está diseñado para soportar los niveles de ruido del mundo moderno. El daño por ruido puede ocurrir de dos formas:
De forma continuada: Trabajar durante años en entornos ruidosos (fábricas, obras, agricultura) o escuchar música con auriculares a un volumen excesivo va "asfixiando" las células del oído poco a poco.
De forma repentina: Un ruido extremadamente fuerte y cercano (un petardo, una detonación o un impacto físico fuerte) puede causar una pérdida inmediata.
El sistema auditivo depende de un riego sanguíneo impecable y de un equilibrio biológico muy sensible. Por eso, otras afecciones del cuerpo pueden pasar factura al oído:
Problemas circulatorios: La hipertensión, el colesterol alto o la diabetes dificultan que el oxígeno llegue correctamente a las células del oído interno, acelerando su deterioro.
Fármacos ototóxicos: Existen ciertos medicamentos esenciales (algunos antibióticos fuertes, tratamientos oncológicos o dosis muy altas de antiinflamatorios) que tienen como efecto secundario el daño temporal o permanente en la audición.
Antecedentes familiares: La genética juega un papel importante; algunas personas tienen un sistema auditivo constitucionalmente más frágil o propenso al desgaste prematuro.
Mientras que no podemos detener el reloj biológico de la presbiacusia, sí podemos frenar su velocidad. Proteger los oídos en entornos ruidosos, controlar la salud cardiovascular y realizar revisiones auditivas anuales a partir de los 50 años son las mejores herramientas para mantener el cerebro conectado con el entorno.
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